Los lectores electrónicos no son algo nuevo. Hoy en día son tan comunes como tantos otros gadgets que en algún momento fueron novedosos, sin que eso implique que todo el mundo tenga uno. Todas conocemos a alguien que tiene un smartwatch o un Kindle, y tal vez hemos considerado la opción de comprar alguno de los dos pero lo olvidamos rápidamente. O tal vez una es quien tiene el gadget en cuestión, y entonces nos preguntamos por qué las personas a nuestro alrededor aún no lo adquieren. Yo he pensado en comprar un lector electrónico infinidad de veces, desde hace años. Cada que alguien cercano a mí se compra uno o lo menciona en una conversación, aprovecho para preguntar muchas de mis inquietudes. Sin importar la marca o el modelo, las reseñas siempre son positivas y mi conclusión de la charla es que el lector electrónico es una de esas octavas maravillas modernas que necesito en mi vida… Pero sigo sin comprar uno.
El Kindle es el lector electrónico más común y tentador, y he estado tan cerca de adquirir uno que ya tengo claro qué modelo es el ideal para mí. Mi mejor amiga compró uno hace un par de meses, y entonces me acerqué a él más que nunca: lo guardé en mi carrito de compra. Estaba a un par de clicks de tenerlo, pero me pregunté si de verdad quiero venderle mi alma lectora a Amazon. Mentiría si dijera que no compro libros ahí, pero procuro que no sea mi primera opción, y vaya que hay de dónde escoger. Además de las conocidas cadenas de librerías nacionales hay un directorio menos conocido de librerías locales, independientes, de segunda mano, e incluso las ventas e intercambios de libros en grupos de venta y trueque en redes sociales. Todas esas opciones seguirán ahí si compro el famoso lector, sí, pero no sé si al tenerlo sería tan fácil vencer la tentación de la inmediatez. Poder leer un libro casi en el instante en el que se desea suena demasiado fácil para ser verdad. Comprar un Kindle no equivale a venderle tu alma lectora a Amazon, me dirán, y es cierto. Es bien sabido que al venderle el alma al diablo se firma un contrato que estamos obligadas a cumplir (siglos de fantasía no pueden mentir), y en este caso no existe ninguna obligación. Yo sería libre de comprar mis libros donde yo quisiera, de seguir cambiando, regalando y vendiendo mis libros impresos. Podría ir tranquilamente a una librería el fin de semana, o hacer un pedido en línea y esperar a que mi libro llegue unos días después. Pero también podría ganarme la urgencia de leer las primeras páginas y entonces sólo tendría que dar un click.
No quiero decir que estoy en contra de los lectores electrónicos, ¡justamente estoy intentando decidir si debería comprar uno! Tampoco es que juzgue o critique a quienes tienen un Kindle, pues genuinamente creo que puede ser muy práctico. Ni siquiera se trata de discutir sobre leer libros impresos o digitales, no. Creo que si le doy tantas vueltas es porque es una decisión que se relaciona directamente con la postura que tomamos ante lo que es la lectura, todo lo que implica la lectura y, por lo tanto, las librerías y los libros en sí. Entonces no puedo evitar pensar que las librerías físicas son espacios que vale la pena defender, que los libros usados son muchas veces mejores que los nuevos, que un libro impreso puede pasar por muchas manos y yo no sabría renunciar a la libertad que ofrece esa posibilidad. Puedo tener un poquito de ambos mundos, es cierto. Sería particularmente útil tener un lector electrónico cuando busco libros impresos agotados, con tarifas de envío prohibitivas, o cuando no sé decidir qué libro llevar a mis vacaciones. En cambio, prefiero que parte de mi experiencia como lectora incluya llevar una bolsa de mano extra porque nunca supero mi indecisión. Y que, como hasta ahora, los libros difíciles de encontrar sean esa aventura en la que espero que haya una reimpresión al mismo tiempo que los busco en librerías de segunda mano (las mejores aliadas en estos predicamentos). La posibilidad de que los libros cambien de librero una y otra vez me emocionará siempre, mientras que la fría e intransferible biblioteca digital me parece egoísta.
Llegando a este punto de mi diálogo interno es cuando siempre me pregunto por qué consideré comprar un lector electrónico en primer lugar. ¿De verdad lo quería, o es lo que el capitalismo digital me hizo creer?
